31.
Nelson Aguirre estaba viendo televisión cuando se enteró. Era como si las pulgas lo siguieran. Se rascó la cabeza. Puso el noticiero por canal siete y ahí estaban otra vez. Luis Sosa y Rafaela Bobadilla en Madrid. Luis Sosa y Rafaela Bobadilla comprando bisutería. Luis Sosa y Rafaela Bobadilla habían engañado a todo el mundo.
El motivo de los asesinatos por fin tenía un móvil: el dinero de la empresa textil, el juicio que enfrentaba la empresa por discriminación sexual, que derivaba en una negligencia que había provocado la violación de la tal Rita Huarcayo. Si escribiera un libro sobre los asesinatos, pensó Nelson Aguirre, tendría que comenzar con la violación a Rita. Revisó sus apuntes. Rita Huarcayo (38) había sido violada en su trabajo a principios del mes de febrero.
Nelson Aguirre imaginó la escena. En la fábrica es un día soleado de febrero y todos los trabajadores están tensos. Llega Rita Huancayo quien, además, no es en lo absoluto atractiva. Entre los empleados de la fábrica corre el rumor de que está embarazada. La tensión entre los trabajadores de la fábrica se incrementa a la hora del almuerzo. Rita Huarcayo es la única empleada mujer que trabaja en la fábrica. Cuando se dirige a los lavados es cuando sucede. Sin ningún motivo aparente todos entran al baño y empiezan a rodearla. Ella intenta pedir auxilio pero los supervisores han salido a almorzar temprano ese día.
Es cuando Luis Sosa aparece en la historia. Trabajaba como supervisor suplente en control de calidad. Según los informes, ésa tarde él se quedó a almorzar también en la fábrica. Si bien es posible que no se haya enterado o que no haya marcado su hora de salida, también es probable que haya caminado entre los trabajadores de la fábrica -su trabajo no era muy distinto al de ellos, apenas ganaba un poco más- y se haya bajado los pantalones ante adolorido el trasero de Rita. En ése momento, el cerebro de Nelson Aguirre volaba deliberadamente y sin restricciones.
Es posible incluso, dedujo Nelson Aguirre, que haya sido el mismo Luis Sosa quien avisó a los trabajadores de que no había nadie en la planta. No era difícil de imaginar entonces, cuando todo parecía incriminarlo. Más allá de que Luis Sosa fuera culpable o no, Nelson Aguirre podía verlo planeándolo todo.
Los días siguientes se dedicó a investigarlo. Habló con periodistas que también seguían el caso. Se reunió con algunos de ellos y compartieron datos. Nelson Aguirre fanfarroneaba de haber sido el primer periodista en llegar a la escena del crimen. Los demás soltaban información rápido: Luis Sosa había escrito un libro, Luis Sosa había sido enamorado de Patricia, Luis Sosa era sin duda un hijo de puta capaz de engañar a cualquiera. Un periodista joven, de unos veintitantos años, con una barba horrible en el rostro, lo comparó con Tom Ripley.
Puras exageraciones, pensó entonces Nelson Aguirre. Comparó datos, falseó informaciones y filtró otras. Jugó al teléfono malogrado. Consiguió el número de uno de los testigos principales. Al comienzo fue imposible ubicarlo. En la agencia donde había trabajado Álvaro Sosa se mostraban reacios a hablar del tema.
Sólo pudo hablar con el testigo una vez que se supo que Rafaela y Luis iban a ser trasladados a Lima desde Madrid. Hablaron por teléfono y quedaron en encontrarse en el Haití de Miraflores. El día pactado, Michael Thorndike vestía un traje negro, camisa blanca y corbata negra, usaba anteojos de sol, a pesar de que era invierno. La neblina había bajado en Miraflores y el frío obligaba a un trasnochado Nelson Aguirre a usar chalina, mitones y casaca de cuero.
- ¿Nelson Aguirre? -preguntó el testigo desde la mesa.
El periodista lo saludó y tomó asiento. De inmediato un mozo se acercó y preguntó qué iba a pedir. Aguirre vio que Thorndike sólo tomaba una gaseosa blanca y se animó a pedir un café. La hora del almuerzo había pasado y el periodista intuía que iba a ser una conversación larga. Sin perder más el tiempo, el testigo empezó a hablar. Le pidió expresamente que no usara la grabadora que de seguro tenía guardada en el maletín marrón que llevaba consigo.
- En cuanto lleguen Sosa y Bobadilla de España -explicó Thorndike-, me van a llamar como testigo en el proceso…
Insistió en que la entrevista fuera “off the record”. Como abogado sabía que si declaraba a los periodistas antes de tiempo, su declaración podría verse tergiversada en los medios, y eso era algo que nadie quería. Aguirre tomó nota mentalmente. Thorndike confesó que el único motivo por el que aceptaba aquella entrevista era porque, en los múltiples mensajes que Aguirre había dejado en la máquina contestadora, el periodista especificaba que quería la entrevista para escribir una investigación a largo plazo. Thorndike estaba seguro de que su testimonio en el juicio era crucial y no quería, hasta asistir al juzgado, dar una versión oficial a los medios.
¿Qué era lo que Thorndike sabía? El mozo llegó con el café del periodista. Michael Thornidike le dio un buen sorbo a su vaso de gaseosa blanca. Ambos se miraron largo rato sin decir nada.
- ¿Sabe lo que pasó? -preguntó Thorndike después de un rato.
- Fui el primero en llegar a la escena del crimen -apuntó Aguirre.
- Supongo que se refiere a que fue el primer periodista…
Aguirre asintió. Thonrdike le dio otro sorbo a su vaso de gaseosa. Junto a ellos pasó una chica rubia, llevaba un polo blanco y un buzo apretado.
- Yo volví a casa de los Bobadilla cerca de las tres y media de la mañana. Cuando le pregunté si sabía más o menos lo que pasó, me refería al asunto entre Álvaro… -Thorndike tuvo que detenerse un segundo antes de continuar- entre él y su secretaria. Álvaro había golpeado a Almendra esa noche. No lo culpo ahora, tal vez porque murió, o porque siempre justifiqué que en determinadas circunstancias un hombre golpeara una mujer…
Nelson Aguirre le pidió que se detuviera un momento. Revisó sus apuntes y tomó nota. Le preguntó si era cierto que Almendra Gutiérrez había cogido el buqué y que luego lo había usado para golpearle en la cara a Álvaro. Thorndike dijo que sí. Aguirre tomó nota. Le preguntó con qué intenciones había vuelto de la casa de los Bobadilla.
- Almendra estaba en el carro. Yo estacioné a unas cuantas cuadras del Golf de San Isidro y bajé con la excusa de que había olvidado algo en la fiesta. Al principio me sorprendió ver a tantos policías y paramédicos. Se me ocurrió que a lo mejor había pasado algo y pensé en largarme de ahí. Cuando llegué a la puerta no fue difícil entrar. La mayoría de gente se había ido, pero algunos amigos de la novia estaban acompañándola y… -Thorndike entornó los ojos-, seguían tomando. Incluso habían prendido la radio. Abordé a Álvaro con la intención de recriminarle la golpiza que le había dado a Almendra, pero en lugar de eso le pregunté qué había sucedido. “Nada” me dijo, “encontraron a la dama de honor muerta en el baño…”. Todos se mostraban especialmente fríos con eso. Era como si no importara, como si nadie la hubiera conocido. Era casi como si hubieran contratado a una empleada y luego ella, sin ningún motivo aparente, se hubiera cortado las venas en el baño. No tenía sentido…
Nelson Aguirre le preguntó qué pasó después de que encontraran el cadáver de Paola Ramallo. Thorndike levantó los hombros.
- No escuché nada acerca de eso hasta la mañana siguiente…
- ¿Quiere decir que Luis Sosa no le avisó a Javier Ramallo que el cadáver de su hija estaba en la azotea?
Michael Thorndike negó con la cabeza.
- Puede que se lo haya dicho. Yo no tenía por qué haberlo sabido. Yo estaba en un extremo de la sala discutiendo con Álvaro. Le recriminaba haber golpeado a Almendra. Lo hacíamos en voz baja. No queríamos hacer de todo eso un espectáculo. Álvaro me contó incluso que Marcela hizo bajar el cadáver de la dama de honor por la escalera de servicio…
- ¿Qué hizo después de discutir con Álvaro?
- Fui al jardín y me dediqué a fumar un rato. Cuando intenté salir a la calle un policía en la puerta me negó el paso. Dijo que nadie podía entrar o salir de la casa. Yo le expliqué lo grave de la situación. El policía no entendía razones y obligó a que me quedara.
- ¿Qué hizo entonces?
- No quería entrar y ver a Álvaro, así que me quedé dando vueltas por el jardín fumando cigarro tras cigarro. Durante todo ése tiempo me imaginaba a Almendra preocupada o sufriendo terriblemente. Tenía un brazo roto y golpes en la cara. Fue realmente salvaje. Así que yo estaba preocupado y daba vueltas alrededor de la casa. Estuve ahí cuando sacaron el cadáver de la dama de honor y también me pareció ver que algo se movía en la oscuridad, una especie de sombra. Fue entonces cuando me di cuenta que tenía que salir de ahí…
Michael Thorndike hizo una pausa para darle un sorbo a su vaso de gaseosa y mirar a la gente pasar por el Haití. Miró la hora en el reloj plateado que tenía en su muñeca izquierda y siguió con monólogo. Nelson Aguirre tomaba nota.
- Intenté trepar uno de los muros, comprenderás que inútil…
Thorndike rió para sí mismo
- En realidad, creo que sólo lo pensé. El caso es que no lo hice. Me quedé así un buen rato, esperando que todo pasara, y en un minuto que fue como un fogonazo (digo esto porque estaba sentado, en una de las mesas, a punto de quedarme dormido) levanté la cabeza y me di cuenta de que estaba a punto de amanecer. Se veía una leve claridad que lo invadía todo y que se había apoderado de la atmósfera. Era como si una especie de neblina luminosa lo invadiera todo. Salí de la casa y la calle estaba desierta. Por un minuto pensé estar viviendo un sueño. Los postes de luz seguían encendidos y no se escuchaba un sólo sonido a kilómetros de distancia. Debo confesar que me costó trabajo pararme y caminar. Cuando llegué al carro me di conque Almendra ya no estaba. Se había ido. Entonces pensé que a lo mejor había entrado y me culpé por ello. Hasta ahora me culpo por ello. Cuando volví a entrar a la casa fue cuando pasó… No me había dado cuenta, pero la radio seguía prendida, serían unas cinco o seis personas, tal vez ocho, creo que amigos de Patricia de la universidad. Casi les pregunto por Almendra, pero en lugar de eso me quedé ahí parado, como si un presentimiento, o un dejá vu, o como sea que se llame (llámalo Dios si quieres, o destino) hizo que me quedara inmóvil. Fue cuando apareció Sokolich con una pistola en la mano. Todos voltearon a mirarlo. Llevaba un polo morado, viejo, con unas letras blancas que decían “THE OLD SCHOOL” o algo por el estilo. Disparó, primero al aire, luego al papá de Patricia, que había estado en otra habitación... Es mentira que haya disparado contra los chicos que estaban en la sala. Sokolich esperó ver bien a Bobadilla antes de dispararle. Una vez que lo hizo, todos se quedaron quietos, era como si esa bala hubiera roto el hilo conductor de las cosas, o fuera una especie de… chicharra paralizadora, que paraliza la realidad, o la rompe. Todos menos Javier Ramallo, él sacó su pistola. Tenía una expresión amarga en el rostro, no quedaba ni un sólo policía quien lo pudiera detener, resulta intrigante esto de la ausencia de policías…
- Según la versión oficial sí habían policías…
- Pero el que finalmente le dio fue Ramallo, él lo mató…
- ¿Qué hizo después?
- Cuando Sokolich mata a Bobadilla y escapa, toda la atención se centra en él, en su persecución y posterior muerte. Piense un rato. Lo que hizo Sokolich fue suicida. Bajó las escaleras, después de haber hecho un baño de sangre (para bien o para mal, fue un baño de sangre algo pulcro, premeditado o no, fueron crímenes casi exitosos) para matar a Bobadilla y luego escapar corriendo por las calles de San Isidro con una pistola en la mano. Jorge Sokolich podía estar loco pero no era idiota. Sabía que iba a morir…
- ¿Cuál es su teoría?
Thorndike hizo una pausa, luego continuó:
- Yo estaba medio dormido, en un estado en el que sólo puede estar una persona como yo minutos antes del amanecer, absolutamente sedado, drogui, o como quieras llamarlo, cuando veo a Sokolich con una pistola en la mano, un polo viejo y desteñido y una sonrisa en la cara. Lo primero que atiné a hacer fue esconderme debajo de una de las mesas que había en el jardín. Lo alcancé a ver corriendo hacia la puerta. Detrás iba Ramallo y otro tipo uniformado que, está bien, pudo haber sido policía. Yo esperé un rato y luego caminé lentamente hacia la puerta y salí de la casa. Fue cuando escuche más disparos en el interior de la casa.
- ¿Más disparos? ¿Dentro de la casa?
- Yo estaba a unos metros de distancia, casi me vuelvo loco. No es que fueran uno o dos, fueron varios disparos… Me sentí terrible, era como estar en el infierno. De pronto supe que la siguiente persona en morir iba a ser yo. Me fui lo más rápido que pude. Lo único que tenía claro era que quería descansar un rato y no pensar en eso nunca más. Por alguna razón cuando llegue al carro estaba llorando. Lloraba descontroladamente y ni siquiera pude serenarme y conducir, aparté mi rostro de la casa de los Bobadilla y no quise ver más…
32.
Luis y Rafaela se preguntaron qué tal se vería Álvaro muerto, con un martillo clavado en la cabeza o un cuchillo atravesando su esternón. Álvaro miró hacia la sala y vio a Patricia con su vestido plomo. Rafaela, con un gesto incómodo, se puso de pie y se dirigió al baño. Álvaro cogió el whisky que su papá no había tocado y se lo llevó a la boca.
Rafaela tocó varias veces la puerta del baño. Una voz nerviosa le dijo ocupado. A Rafaela le habían dado ganas de orinar. Pensó en dejar a Patricia y a Luis a solas. Su cara había adquirido de pronto una expresión triste. Subió las escaleras corriendo, saltando de dos en dos los escalones, para llegar a la segunda planta, donde las puertas estaban cerradas. Por alguna razón le pareció oler a marihuana pero supuso que sería el olor impregnado en su ropa.
Se le ocurrió, antes de ir al baño, pasar por su cuarto y cambiarse de zapatos. Aquellos de tacón alto le incomodaban, y viendo que Patricia se había quitado su vestido de novia no le pareció nada malo ponerse otros zapatos más cómodos. Eligió en su cuarto unos zapatos chinos negros que eran algo decentes. Se cambió con la luz apagada y con la ventana que daba a la parte trasera de la casa abierta.
Una vez en el pasillo pensó en bajar. No quería que Patricia le quitara a Luis. Ya se lo había quitado antes, cuando era niña. Luis significaba desde entonces aquello que Rafaela nunca había podido tener. Era el modelo que había acuñado en su inconsciente. Aquella noche, a pesar de los años transcurridos, Luis le había demostrado lo más importante: seguía siendo aquel quien solía ser.
Abrió la puerta del baño. Prendió la luz. Entró mirando sus zapatos chinos negros. A pesar de que no lo tenía planeado, se miró en el espejo. Se logró a ver a sí misma a través de un chorro de ketchup que alguien había arrojado contra las paredes del baño. El espejo estaba roto en una esquina y las cosas que solía haber sobre el lavatorio estaban ahora esparcidas por el piso. Había pintura roja diluida junto al escusado. Adela descansaba en la bañera con los ojos abiertos y con un aspecto siniestro en la piel. Sin lograr reaccionar de una manera adecuada, Rafaela se dejó caer soltando un agudo grito de terror.
33.
Lola amortiguó el grito de Rafaela riéndose a carcajadas. Las cosas empezaron a verse borrosas para ella. Se había escabullido junto con Coco hasta el techo por unas escaleras de servicio. De pronto la neblina había bajado. Lola seguía riéndose. Tenía una bolsa de marihuana. Deshacía una pequeña rama con los dedos. Le sacaba las pepas y los pequeños troncos. Coco la miraba atento sin pronunciar una sola palabra. Lola decía:
- Le robé esta bolsa a Luis…
Coco la miró. Tenía los ojos achinados. Estaba sentado en un colchón para tomar sol lleno de polvo. En Lima nadie cuida sus techos. Lima es una ciudad donde los techos se llenan de polvo, porque no llueve, y a las fachadas de las casas se les pega el smok.
- Bueno -dijo Lola, terminando de armar el cigarro de marihuana-, la cuestión es que yo estaba en su cuarto, cuando Luis sacó de su clóset esta yerba que está buenísima…
- ¡Auchh! -Dijo Coco.
- ¿Qué te pasa?
- Estabas en el cuarto de Luis…
- Bueno. Le dije que se fuera a cambiar otra vez, para poder robarle lo que le quedaba, y lo hice ponerse ése ridículo pantalón negro con ése saco marrón… -Lola rió.
Coco frunció el seño.
- ¿Lo vas a prender o qué?
- Vaya. Alguien tiene ganas de fumar…
Lola prendió el wiro. La puerta que daba al techo seguía abierta. Por ahí se bajaba a unas escaleras que iban al segundo piso y de ahí a la cocina. En la cocina, algunos mozos se habían sentado a ver televisión. Con el grito se Rafaela no se inmutaron. Siguieron viendo televisión.
En la sala la reacción fue muy diferente. Patricia y Sebastián fueron los primeros en subir. Marcela, en cambio, se demoró un poco más. Cuando llegó al baño del segundo piso su expresión cambió drásticamente.
Coco empezó a toser.
- Está buena, ¿no? -preguntó Lola.
Ella estaba parada al borde del abismo. En el jardín de la casa, los músicos de la banda conversaban en voz baja mientras comían. Se preguntaban si volverían a tocar. Algunos amigos de los recién casados aprovecharon para escabullirse de la fiesta.
- No sé -dijo Coco, haciendo una expresión de disgusto-, nunca he fumado marihuana.
- No pues, primo -le reprochó Lola quitándole el cigarro.
Lo primero que le molestó a Marcela fue el lío que iba a ser limpiar toda esa sangre. Lentamente se fue percatando de que la magnitud de lo ocurrido. A su costado, Patricia y Rafaela lloraban. Patricia lloraba por el fiasco que había resultado su boda. Rafaela lloraba por Adela. Sebastián Bobadilla se lamentaba del escándalo que iba a ser esto, imaginaba las portadas de algunos diarios y los reportajes de algunos programas dominicales. La demanda por violación que enfrentaba su empresa también llamaría la atención. Después de un rato, Rafaela se encerró en su habitación. Patricia bajó las escaleras corriendo. La consigna de Marcela fue actuar con naturalidad. Subió un trapeador y empezó a trapear el piso.
- ¿Qué fue ése grito? -preguntó Luis.
- Dios mío… -Patricia estaba pálida.
- ¿Qué pasó?
Patricia negó con la cabeza. Se dejó caer en uno de los sillones. Un mozo con una bandeja les ofreció cerveza, whisky, gaseosa o agua con gas. Ninguno de los dos quiso nada. Patricia se tapó la boca con ambas manos.
- Es terrible… -dijo.- Arriba, en el baño, ella está muerta…
- ¿Quién?
Patricia empezó a llorar, su cuerpo empezó a convulsionar al ritmo de sus quejidos. Luis se puso de pie, caminó hasta la orilla de las escaleras. Desde ahí miró hacia lo alto. Se oían voces y exclamaciones de alarma. Alguien hablaba por teléfono. Luis empezó a subir. Algo lo llamaba. No era la curiosidad, ni el morbo por saber qué había pasado. Lo que más le perturbaba era volver al mundo real. Una vez en el segundo piso lo recordó todo. Algunas cosas habían cambiado, pero eran mínimas.
Sebastián Bobadilla lo escudriñó con la mirada. No le dijo nada porque estaba hablando por teléfono. Marcela hizo lo posible por ignorarlo. No vio a Rafaela por ningún lado. Avanzó por el pasillo hacia el baño. Saliendo había huellas de sangre. Una vez adentro tuvo una sensación extraña. Las paredes estaban pintadas con un líquido rojo. Parecían trazos al azahar, pero no lo eran. Así como en la obra de todo buen artista, las manchas de sangre habían estado ahí desde mucho antes de que las pintara.
En la bañera estaba la chica. El agua flotaba y la sangre se había acumulado al fondo. Sus ojos inexpresivos miraban el techo. No tenía ninguna mueca de dolor, parecía que ni siquiera se había dado cuenta de que estaba muerta. Luis se acercó a pocos centímetros de su rostro. No recordaba haberla visto en la fiesta. Era tan bella que resultaba difícil imaginársela pasando desapercibida. Pensó que tal vez la muerte le sentaba bien. Aquella chica iba a ser joven por siempre. Luis se puso de pie, ya que estaba en cuclillas, y miró una flor seca flotando sobre el agua.
34.
- Coco -le dijo Lola, mirándolo a los ojos-, me estoy matando lentamente…
- ¿En serio?
Coco tenía los ojos rojos y una sonrisa estúpida en la cara. El enorme cigarro de marihuana que había armado Lola se consumía en sus dedos. En el borde de una de las sillas para tomar sol se habían acumulado las pepas y los pequeños troncos. La bolsa de donde había sacado la marihuana se había ido volando con el viento.
- ¿Por qué dices eso?
- Porque es cierto -dijo Lola.
La puerta que daba a la escalera de servicio seguía abierta. Lo poco que quedaba del cigarro de marihuana Lola lo tenía entre sus dedos. Se lo pasó a Coco antes de decir:
- Todos creen que soy así porque soy una engreída. Allá abajo dicen que son mi familia, pero en realidad sólo me miran esperando que haga algo estúpido, como… ¡No sé! Cualquier cosa. La verdad es que no me entienden… nadie me entiende. Por eso… desde hace años, me mato lentamente…
- ¿Ah sí?
Lola asintió. Le dio el último sorbo al cigarro de marihuana y lo tiró al suelo convertido en cenizas. Se limpió pasando ambas manos por sus caderas. Estiró su vestido verde haciendo notar sus pequeñas tetas. El piercing que tenía en una ceja brilló.
- Coco -dijo Lola-, tú eres de los que piensa que si el mundo dejara de girar, todos quedaríamos inmóviles…
- ¿De qué hablas?
- Se te nota en la cara, eres uno de ésos…
- ¿Y cómo son ésos?
Lola posó su mano sobre el hombro de Coco.
- ¿A qué le tienes miedo? -Preguntó Lola.
- A nada.
- Todos le tenemos miedo a algo. Yo les tengo miedo a las moscas… Sí. ¡Ya sé! Todo el mundo dice que es un miedo estúpido, pero desde que pasaron “La mosca” por canal dos, decidí que eran unos monstruos horribles, sólo que como son chiquitos no te das cuenta…
Coco visualizó un palo de golf tirado en el piso, tenía el mango un poco oxidado, o ennegrecido debido al uso. Junto había más, metidos en un estuche viejo. El que estaba afuera era especialmente grande. Lola le estampó un beso a Coco en la boca. Coco intentó gritar. Lola lo agarró del cuello y metió la lengua en la garganta.
Cuando terminó de hacerlo se quedaron callados. Lola sonreía. Coco se dejó caer de espaldas a uno de los sillones y se puso a mirar las estrellas. Le echó un rápido vistazo al palo de golf en el piso. Las piernas de Lola lo taparon.
- Coco -le preguntó Lola-, ¿qué fue eso?
Permaneció callado. Decidió seguirle el juego. Las mejores preguntas son las que se responden solas. Lola siguió diciendo cosas. Coco decidió quitarle el volumen. Automáticamente la puso en MUTE. Era maravilloso. Acercó la toma al palo de golf que yacía en el piso.
Se puso de pie como quien da un corto paseo por el techo. En el jardín las cosas habían adquirido un matiz extraño. Había poca gente y daba la impresión de que la fiesta había acabado. Sin embargo, afuera seguían los carros estacionados. Resultaba intrigante.
Lola seguía moviendo los labios. Coco recogió el palo de golf y aguantó una risa. Aquello era delirante. Se sintió como en un programa cómico. Empezó a jugar con él como si fuera una espada, a la derecha y a la izquierda. Lola seguía hablando de su infancia. Lola era una de ésas niñas enamoradas de su padre. Fue entonces cuando Coco le pegó un golpe en la nuca. Lola se precipitó hacia adelante cayéndose al piso. Una vez ahí, Coco empezó a golpearla. Lola no parecía oponer resistencia. Era como un muñeco de trapo a merced de un malvado niño con un palo de golf.
Con el primer golpe Lola botó sangre por la frente. A pesar de que había sido en la nuca, toda su cara se bañó de sangre. Ya en piso los golpes fueron poco certeros. Recorrieron su cuerpo desordenadamente, pasando por la espina dorsal y los muslos. Una vez que el palo de golf golpeó el piso se dobló en dos volviéndose imposible de maniobrar. Coco estuvo ocupado tratando de enderezarlo un buen rato, sin mayores resultados. Luego dejó el palo de golf tirado en el piso y fue en busca de algo más contundente.
Entre las cosas que había ahí olvidadas -el techo era una suerte de depósito- encontró un montón de juguetes que los Bobadilla se habían rehusado a botar. Coco encontró un alambre viejo y decidió estrangularla.
Lola empezaba a volver en sí cuando Coco se sentó encima de ella. La posición sería algo sexual si fuese ella quien estuviera encima, pero en la posición que estaba era de lejos un estrangulamiento. Coco pasó el alambre por el cuello de Lola y empezó a tirar de él hacia arriba. Ella empezó a forcejear. En ése momento ni Lola ni Coco pensaban en nada. Ambos tenían la mente en blanco. La cara de Lola fue volviéndose roja. Coco, en cambio, tenía una expresión de felicidad en el rostro. Fruncía el ceño y sacaba la lengua mientras sonreía y tiraba del alambre oxidado. Finalmente algo se rompió.
Le había roto el cuello. No la había logrado estrangular. Coco miró el palo de golf doblado y se le ocurrió romperlo. Con suerte podía sacarle punta y usarlo para atravesar a Lola o para violarla. Era una buena idea. Primero lo intentó hacer parándose encima, pero era un buen palo de golf y le costaba trabajo romperlo. Agarró un ladrillo y empezó a golpearlo. Pensó en reventarle la cabeza a Lola con el ladrillo, pero la idea de violarla con el palo de golf le hacía gracia. Ella estaba tendida boca abajo con las piernas abiertas.
Después de un buen rato logró romper el palo de golf en dos. Una punta gruesa y retorcida quedó en el extremo de una de las partes. Coco se puso de pie. Se acercó a Lola y comprobó si seguía viva tomándole el pulso. Le miró el trasero pensando en cómo haría para violarla con la punta del palo de golf. Era cuestión de sacarle las medias de nylon, el calzón, levantarle un poco el trasero y metérselo con fuerza, como si lo clavara en la tierra. Era básicamente lo mismo. Sin embargo, se desanimó de hacerlo. Era una mala idea.
La puso boca arriba y se sentó encima. Levantó el palo como si fuera una estaca de metal. Lo bajó rápidamente clavándoselo en el pecho. La primera vez no dio resultado. No tenía suficiente punta. La segunda vez le hizo una herida entre los pechos. La tercera vez fue cerca del cuello. Le hizo una herida roja de la que brotó un poco de sangre. La cuarta vez fue en el estómago. Lola parecía muerta. Finalmente se lo clavó en el costado izquierdo del corazón. Salió tanta sangre que bañó a Coco y llegó hasta el segundo piso bajando por las escaleras.
35.
Álvaro se sintió fastidiado, el baño del primer piso olía terrible. Después de la cena alguien había vomitado, las chicas con su periodo habían dejado en el basurero toallas higiénicas sucias, sus amigos habían inhalado cocaína, Almendra le había mandado besitos volados al espejo. Todo esto hacía que en el baño de los Bobadilla flotara una acumulación de pestilencias.
Buscó en el bolsillo interior de su saco una papelina llena de cocaína. Sin dejar de mirarse en el espejo, hizo una línea de polvo blanco sobre el bidet. La cocaína entró por sus fosas nasales perforándole el cartílago. Una vez afuera el desorden era absoluto. La música de Miles Davis era opacada por un sinnúmero de voces que perforaban la sala en forma de murmullo. Variaba dependiendo de dónde estuviera uno parado. La mayoría se habían aglomerado alrededor de las escaleras.
Encontró a Patricia tendida boca abajo en el sillón más grande de la sala. Nadie se había dignado a acompañarla. Todos llevaban vasos de cerveza o copas de vino. A ella se le había corrido el rimel de tanto llorar. No llevaba su vestido de novia. El pelo lo tenía desordenado. Álvaro se dejó caer a su costado.
- ¿Qué es todo esto?
- Hubo un accidente -se animó a decir Patricia-, la chica… que era mi dama de honor, se cortó las venas en el baño…
La expresión en el rostro de Álvaro fue cambiando drásticamente. Luego de que Patricia le diera la noticia, Álvaro se quedó tieso. ¿Qué significaba aquello? Alguien había muerto el día de su boda. Las puertas de la casa estaban cerradas. El jardín estaba desierto. Los mozos se confundieron con los invitados. Todos llevaban ternos oscuros. El ambiente parecía el de un funeral.
Luis encontró a Rafaela en la cocina. Los mozos fumaban cigarrillos con la televisión prendida. Veían películas gringas por canal cinco. Eso caldeaba aún más el ambiente. Rafaela llevaba puestos sus zapatos chinos negros. Cortaba un pedazo de asado con un cuchillo eléctrico.
- ¿Qué pasó allá arriba? -Le preguntó Luis.
Rafaela dejó el cuchillo eléctrico a un costado. Caminó hasta el otro extremo de la cocina y cogió un plato de la alacena. Sus zapatos chinos dejaban huellas de sangre.
- ¿Qué crees que pasó?
- Sáltate las partes obvias.
Rafaela se acercó hasta donde estaba Luis. Dejó el plato de cerámica junto al asado. El cuchillo eléctrico seguía conectado. Un mozo que miraba la televisión botó una nube de humo por la boca. La película que pasaban por canal cinco se puso tensa.
- Crees que tengo algo que ver…
- Eso del suicidio, es una tontería…
- ¿Crees que tengo algo que ver?…
- Sólo tú puedes demostrarme lo contrario…
Rafaela acercó su rostro al de Luis. Una mezcla de atracción y repulsión se apoderó de él. Pudo ver con claridad la expresión amarga de Rafaela. Pronto hubo también chorros de sangre en la cocina. Las paredes estaban bañadas de pintura roja.
Ella se sirvió el pedazo de asado que había cortado y empezó a comer. Le preguntó al cocinero dónde estaba el puré, a lo que éste le señaló una olla encima de una de las estufas. Rafaela, con una sonrisa en el rostro, se sirvió puré.
- Va a ser el asado más triste de toda mi vida -apuntó Rafaela con una voz llena de ironía.
- Dime si fuiste tú… -le rogó Luis.
Tiró el plato sobre el lavatorio sin acabar de comer. Su vestido azul marino ya no la hacía verse sensual. Ahora, por el contrario, parecía una chica enferma, llena de problemas. Al menos eso le pareció entonces a Luis.
- ¿Álvaro? -Le preguntó.
Rafaela dejó de raspar la olla arrocera. Tenía pedacitos de verdura entre los dientes. Se quedó mirando a Luis fijamente. Parecía estar llena de miedo y sintiendo a la vez una felicidad extraña. Matar a Álvaro. Deshacerse de su cuerpo. Cortarlo en pedacitos hasta hacerlo desaparecer. Todas eran fantasías maravillosas a punto de volverse realidad. En ése momento Luis no dejaba de preguntarse: ¿qué extrañas razones hacían que Rafaela quisiera matar a Álvaro?
Rafaela se abalanzó sobre el cuchillo eléctrico que había dejado junto a la cocina a gas. El cuchillo seguía conectado. Con presionar un botón, el cuchillo empezó a mover sus dientes a una velocidad impresionante. A vista y paciencia del servicio, Rafaela empezó a jugar que cortaba a Álvaro en pedacitos.
36.
El travesti le dijo que le podía presentar a alguien que hacía ése tipo de trabajos. Álvaro sintió escalofríos. Era la luz al final del túnel. El travesti le dijo que tomara la carretera Panamericana sur. En el camino Álvaro paró para echarle gasolina al carro. Aprovechó para bajar a estirar un poco las piernas. Se dirigió a la chica que atendía en el Mobil Market y pidió una cajetilla grande de Lucky Light. Pensó en pedir algo de comer pero no sintió hambre. Se miró el reflejo de la ventana y se vio a sí mismo con el pelo sucio y la camisa fuera.
Volvió abriendo la cajetilla de Lucky Light. El tipo que le echó gasolina al carro le advirtió que no se podía fumar dentro del grifo. Álvaro lo miró de manera inexpresiva. Pagó con su tarjeta Visa. Cuando subió al carro le preguntó al travesti hacia dónde se dirigían.
- Tenemos que seguir por la Panamericana sur hasta Atocongo, luego tomamos Evitamiento y de ahí hasta Pista Nueva…
- ¿Eso es?
- Villa María.
Álvaro encendió el motor del carro. Volvió a la carretera Panamericana. A la altura de Atocongo volteó y llegaron a una calle oscura que era Evitamiento. Luego fueron por Pista Nueva. Llegaron a una zona infértil, llena de calles silenciosas. En el horizonte sólo se veían postes de luz y uno que otro carro con las luces encendidas. En la esquina había una bodega. Una chica los miró desde ahí. El travesti bajó. Saludó a la chica y le dijo a Álvaro que esperara. Álvaro prendió un cigarrillo mientras lo veía alejarse. El travesti se metió a un callejón oscuro. Tocó una puerta y empezó a llamar a alguien. Pasó un buen rato sin que nadie saliera. Álvaro iba poniéndose cada vez más tenso. Miraba constantemente su espejo retrovisor. Encadenaba cigarrillos. Volteaba súbitamente para ver si venía alguien. Finalmente terminó bajando del carro.
- No hay nadie -le dijo el travesti.
- ¿Y ahora? -preguntó Álvaro.
Se escuchó un silbido. Más allá de la bodega, por donde subía la calle, un grupo de chicos venía en dirección contraria. Tomaban ron, vestían casacas y pantalones enormes. Uno llevaba una gorra. Álvaro pensó en correr.
- No les hagas caso -susurró el travesti.
Álvaro le preguntó por el tipo. El travesti levantó los hombros. Cuando el grupo estuvo lo suficientemente cerca, el travesti les preguntó por el tipo. Uno de ellos, alto y de buzo negro, le dijo que el tipo al que buscaban se había ido de viaje a la selva.
- ¿Quieres chamos? -Preguntó el tipo alto, de buzo.
Álvaro negó con la cabeza.
- ¿Entonces qué chucha quieres?
El travesti le susurró a Álvaro que se fuera. Álvaro dudó antes de responder. Apenas se había empezado a sentir cómodo en Villa María, con un codo apoyado en la ventana de su carro. La mirada del travesti le decía: no digas nada. Pero a la vez le preguntaba, como las chicas cuando están enamoradas: ¿qué es lo que quieres? Pero Álvaro no sabía cómo responderle.
Sacó del bolsillo una foto de Almendra. Se la extendió al chico alto, como proponiéndole un trabajo. Le dijo que quería que esa chica desapareciera. Es decir, que alguien la desaparezca. El tipo del buzo negro hizo una mueca -que era en realidad una media sonrisa burlona-, tenía la espalda apoyada contra la pared y bebía ron de un vasito de plástico. Sus amigos se rieron. Él también se rió. Uno de ellos escupió.
- ¿Qué pasa, causa -preguntó el tipo grande, de buzo negro-, quieres que le de vuelta?
- Atrás dice dónde vive, dónde trabaja y a qué hora sale…
- Espera un toque, causa. Yo no hago esa chamba -dijo, tirando al suelo la foto-. Si quieres darle vuelta a una jerma hazlo tú mismo…
Uno de los que estaban tomando ron en el piso sacó una pistola grande y vieja, de metal. Álvaro se sintió encañonado. Buscó con la mirada al travesti, pero no lo encontró. Qué día, pensó. Luego cayó en la cuenta de que en menos de una semana estaría casado.
- Linda, ¿no? -le preguntó el tipo grande, de buzo.
Álvaro asintió con la cabeza.
El tipo le apuntó con la pistola. Uno de los que estaban sentados se puso a inhalar cocaína. Todos los demás miraban la escena divertidos. El tipo grande, de buzo, preguntó:
- ¿Cuánto iba a caerme por darle vuelta a la jerma?
- Quinientos soles -dijo, levantando los hombros. En realidad estaba dispuesto a soltar mucho más. Luego se las arreglaría en el trabajo. Haría horas extras. Dejaría los vicios. Se volvería un hombre de bien…
- Dame tu billetera…
Álvaro sacó del bolsillo su billetera y se la dio. Estaba demasiado cansado y atemorizado como para discutir. El tipo de la pistola contó el dinero. Había poco más de ochocientos soles. Todos parecían contentos. La billetera era de piel genuina. Se la tiró por la cara con todos sus documentos. Luego le tiró la pistola.
37.
- ¿Muerta? -Preguntó Álvaro.
Patricia miraba un punto en la nada. Ambos estaban sentados en un sillón de la sala. La gente parecía indiferente, como si lo sucedido formara parte de una película. Algunos reían y otros chocaban sus copas.
- No lo puedo creer -dijo Álvaro, negando con la cabeza.
- Pues más vale que lo vayas creyendo.
Patricia hablaba sin mirarle a la cara. La gente pasaba frente ellos sin prestarles atención. Uno de los músicos tocaba la guitarra sentado en un poof.
Álvaro cerró los ojos. El frac que llevaba puesto le empezó a incomodar.
- ¿Cómo se pudo haber matado? -preguntó Álvaro.
- No tengo idea.
- Vaya, necesito un trago -dijo.
Afuera empezó a llover.
Luis salió de la cocina. La música de Miles Davis había acabado. Sólo se escuchaba el murmullo de la gente en la habitación. Sokolich lo abordó diciendo que tenían algo importante de qué hablar. La cara de Sokolich brillaba. Estaba bañado en sudor y arrastraba las palabras.
- No me has dicho todo lo que sabes.
- Está bien -dijo Luis-, pero creo que este no es el mejor momento.
Álvaro prendía y apagaba la lámpara que tenía a su costado. Parecía muy concentrado en eso. Había conseguido una cerveza y se había vuelto a sentar en el sillón junto a su esposa. No había abierto la boca, pero su actitud de arrogancia y desprecio hacia todo era más que obvia.
- Esto no va a funcionar -dijo Patricia.
- ¿Qué cosa no va a funcionar? -Preguntó Álvaro.
Rafaela salió de la cocina. Sus zapatos chinos negros todavía dejaban manchas de sangre a su paso. Con una seña hizo llamar la atención de Álvaro. Sus miradas chocaron. Los sensores de la cocaína se activaron en el cerebro de él. Dieron luz verde a pensamientos que se aglomeraron y atropellaron unos con otros.
Coco se quitó la camisa. El sonido de una sirena se escuchó a lo lejos. Sonrió para sí mismo y contemplo la manera más adecuada de escapar. Distinguió las luces rojas acercarse a la casa. La adrenalina lo hizo entrar en razón. Calculó cuánto daño le haría saltar al jardín o aunque sea alcanzar el borde de la pared de los vecinos.
Álvaro se puso de pie. Caminó frente a todos los parientes y conocidos que quedaban. Por las ventanas se podía ver a la lluvia caer. El timbre de la puerta sonó. Había llegado la policía o la ambulancia. Rafaela se escabulló entre rostros y bocas. Álvaro sonrió.
- ¿Fue violación? -Preguntó Sokolich.
- ¿Y usted qué cree? -Respondió Luis.
El escritorio de Bobadilla era de madera tallada y se respiraba un aire a guardado. Rafaela prendió una lámpara que despedía una luz tenue. Las cortinas estaban cerradas. Álvaro recordaba que eran púrpuras, aunque ahora parecían más bien negras. Rafaela, con una expresión extraña en el rostro (ciertamente era una expresión que Álvaro no tenía registrada en la memoria), se acercó hasta él con las manos extendidas, como un ciego caminando en la oscuridad. Álvaro le dio un beso.
Finalmente Coco cayó al jardín. Fue una caída seca, como plomo, como un ángel caído de plomo. Se reincorporó después de un rato, gruñendo de dolor, sujetando la pierna que se había golpeado al caer. Estuvo así un buen rato, tendido boca arriba, sin polo, mirando la luna que se hizo presente un instante, mirando la lluvia caer, sintiendo aquellos puntitos perforarle el rostro, derretirlo con furia, haciendo añicos su existencia.
Entraron a la casa con una camilla. Se abrieron paso. Subieron las escaleras. Corrieron por el pasillo. Eran paramédicos. La escena en el baño los impresionó. La sangre en las paredes dibujaba trazos de pintura roja. No podían levantar el cuerpo hasta que llegara el fiscal de turno, así que se dedicaron a contemplarlo. La chica era hermosa.
Los besos se volvieron oscuros. Cosas que pasan. La penumbra les otorgó intimidad. Álvaro le empezó a tocar las tetas por encima de su vestido. Rafaela se angustió. Era como besar a su hermana. Ahora él le metía la lengua en la boca y le besaba la nariz, los ojos, los labios. Hacía sonidos al hacerlo. Luego le besó el cuello. Finalmente le besó los pezones. Rafaela empezó a disfrutarlo. Separó las piernas. Se humedeció. Álvaro empezó a reírse. Ambos cayeron en un sillón marrón. Junto había un estante lleno de libros que llegaba hasta el techo.
Álvaro hundió la boca en su entrepierna. Rafaela empezó a gemir de placer. Álvaro intentó quitarle el calzón. Rafaela se lo impidió. Rafaela cogió el cuchillo de bronce que usaba su papá para abrir las cartas. Álvaro reaccionó preguntándole qué le pasaba.
- ¿Qué pasa? -Le preguntó.
- ¿Me quieres?
Álvaro sonrió. Se había desabrochado el pantalón y miraba a Rafaela con sorna. Asintió con la cabeza y dijo que sí. Sujetaba su pantalón con ambas manos y tenía la camisa afuera. Por ahí se veía una prominente erección. Cuando se puso de pie, Rafaela le preguntó:
- ¿Me cambiarías por Patricia?
Álvaro respondió que no sabía, que era probable. Lo de Patricia y él ya no funcionaba más. Por alguna razón, todo se había ido al carajo. Así lo dijo, sin escatimar palabras. Todo se había ido al carajo. Tal vez en parte era culpa suya. No lo creía, pero así lo dijo. Tal vez era culpa de la chica que se había cortado las venas en el piso de arriba. ¿Cómo saberlo? Pero algo era seguro. Ya no quería más a Patricia.
La sonrisa de Álvaro nunca había estado tan expuesta, tan marcada su rostro. Rafaela nunca lo había visto así, tan en estado puro. Siempre lo había intuido, pero aquello era espectacular. Una sonrisa que representaba la decadencia humana.
- Espera -le dijo Rafaela, poniéndose de rodillas, bajándole el cierre del pantalón. Álvaro cerró los ojos y puso su mente en blanco. Aquella si era una buena chupada. Pero entonces, algo pasó.
38.
Un cable de teléfono le rodeó el cuello. Empezó a estrangularlo. El corazón de Álvaro latió con fuerza. La mirada de Rafaela lo hipnotizó. Álvaro empezó a dar patadas. Con un movimiento reflejo pateó la cara de Rafaela. Ella chocó contra la mesa de caoba, desordenando documentos y fólderes. Un pisapapeles de mármol cayó al piso. De la boca de Rafaela empezó a manar sangre.
La cabeza de Álvaro empezó a enrojecer. Una vena en la frente le empezó a latir. Rafaela cogió el abrecartas de bronce y se lo clavó en el pecho. Fue inútil. No tenía suficiente filo y quedó a la mitad. Álvaro empezó a gritar. La habitación estaba en penumbras. La lámpara cayó al piso y se rompió. Todo quedó a oscuras. Álvaro siguió gritando. Alguien le tapó la boca. Rafaela cogió el pesado pisapapeles de mármol y lo estrelló contra su cabeza. Repitió la misma acción varias veces, hasta que los movimientos de Álvaro cesaron.
Cuando todo hubo acabado trataron de limpiarse la sangre. Luis sentía las manos llenas de barro. Era desagradable. Rafaela prendió la luz del escritorio. La cabeza de Álvaro estaba bañada de un líquido negro. Ambos se miraron a los ojos. El silencio era ensordecedor. Se preguntaron si Álvaro realmente estaría muerto. La pared del escritorio estaba sucia de sangre. El pisapapeles de mármol -que era un cubo- se había roto en algún momento entre el sexto y décimo primer golpe.
Rafaela se echó a llorar. Luis sentía demasiada adrenalina y estaba demasiado acelerado como para articular algún pensamiento en concreto. Supuso que en situaciones así era normal bloquearse. Caminó como un zombi dando vueltas por la habitación sin pensar en nada, con la mirada perdida, como si no entendiera lo que había pasado. Miró a Rafaela y no sintió nada. Después de un rato le tomó el pulso a Álvaro y comprobó que estaba muerto. Tocó a Rafaela en un hombro y le dijo que lo mejor era largarse de ahí.
- ¿Qué hemos hecho? -Le preguntó ella.
Lo que haría cualquier persona en nuestro lugar, quiso decir entonces Luis, pero comprendió que sería inútil. Rafaela se puso de pie susurrando que estaba mareada. Luis la tomó del brazo. Salieron de la habitación. Cerraron la puerta con llave.
39.
Estaban sentados en las escaleras. Algunos amigos de Patricia bebían lo que sobraba de licor. Luis pensó en la pregunta que le habían hecho. No sabía si se lo estaba preguntado a él, porque más bien fue como una pregunta al aire. No supo cómo responderle entonces. En otras circunstancias le habría dicho que se trataba de un triángulo amoroso, en donde la principal implicada es una estudiante lesbiana y fea, pero pensó que tal vez eso no era a lo que ella se refería. Quiso decirle entonces que se trataba del crecimiento, que en su libro los personajes nada más están creciendo, pero como parte de ése crecimiento tenían que deshacerse de algunas personas…
La mirada de Rafaela quedó fija en un lugar fuera de su alcance visual. Luis entró en una especie de transe. Pensó en las posibles formas que podía haber acabado su libro. En un principio había pensado en que la estudiante lesbiana y fea debía matar a todos por el simple hecho de ser una estudiante lesbiana y fea, pero conforme fue avanzando la historia se dio cuenta de que aquel motivo era insuficiente. Se necesita más que ser lesbiana y fea para matar a alguien. Entonces se dio cuenta.
Cualquiera puede matar a cualquiera. La mayoría de gente que anda por ahí merece morir de manera espantosa. Todos pudieron haber matado a todos en su pequeño libro. Era sólo cuestión de enfoque. Así que en el primer cuento tenemos a la estudiante lesbiana y fea planeando durante incansables noches en vela un asesinato múltiple; en el siguiente, la chica que en un principio provoca a la estudiante lesbiana y fea mata a su enamorado, ahogándolo con una almohada mientras hacen el amor; en el siguiente el chico tortura a una tercera chica (fea, pero no lesbiana) con su indiferencia, hasta que ella decide cortarse las venas; en el cuarto, la estudiante lesbiana y fea lleva a cabo su venganza, todos mueren de distintas y dolorosas maneras durante una fiesta; en el cuento que sigue sucede lo mismo, excepto que la estudiante lesbiana y fea no asesina a nadie; en el siguiente la chica que se corta las venas es la que mata al chico; en el que sigue el que asesina es el chico, luego de violar a las tres chicas, incluyendo a la lesbiana.
40.
El local era celeste y había un aparato de donde salía música de los cincuentas. El tipo con el que había quedado en encontrarse dijo que llevaría una chompa negra y que iba a estar sentando en una las mesas a la derecha. Mientras esperaba decidió pedir una cerveza. Se la sirvieron rápido y con un puñado de canchita salada.
A unas cuantas mesas de la suya había un grupo de viejos. Pasó un buen rato hasta que lo abordó un chico de tez morena, bastante flaco, y con una chompa más bien ploma. Le dijo que no había conseguido una chompa negra, que la que estaba en la lavandería, eso le dijo, y que le había sido imposible encontrar una mesa a la derecha del bar.
Uno de los viejos metió una moneda en la máquina y empezó a sonar Roberto Carlos. Nelson Aguirre sacó de su maleta de cuero una libreta. Le preguntó su nombre completo, edad y ocupación. Nombre: Nicolás Saiman. Edad: 24 años. Ocupación: mesero a tiempo completo. A un costado, Aguirre escribió: estuvo en la casa de los Bobadilla la noche de los asesinatos. Es testigo pero no ha declarado ante la policía.
- ¿Te molesta si lo gravo? -Preguntó Nelson Aguirre.
Saiman encogió los hombros.
- Pensé que no lo ibas a publicar…
- No lo haré.
Saiman cogió el vaso de Aguirre y le dio un pequeño sorbo. Un poco de espuma quedó en la parte superior de sus labios. Asintió.
- Sí. Eso dijiste.
- Estoy investigando el caso…
- ¿Te importaría si pido una cerveza?
Aguirre negó con la cabeza y sacó de su maleta de cuero la grabadora. Rebobinó el casete. Nicolás Saiman llamó al mesero y pidió una cerveza grande. El mesero se apuró en traer la cerveza con otro puñado de canchita.
Aguirre prendió la grabadora:
- ¿Me puedes decir tu nombre completo otra vez?
- Nicolás Saiman…
- ¿Cómo te enteraste de los asesinatos?
Nicolás Saiman suspiró. Sacó del bolsillo de su pantalón una cajetilla chica de Hamilton y prendió uno.
- Escucha. Antes que nada, yo no sabía que había sido tan grande la cosa. Tenía entendido que algo horrible había pasado, pero no sabía muy bien qué. Sólo había estado sirviendo tragos y pequeños postres en bandejas, mi papel sólo fue el de espectador…
Nelson Aguirre se acomodó en su silla.
- Según logré averiguar -dijo Aguirre- el servicio se fue de la recepción a partir de las tres de la mañana…
- Así nos habían contratado, el servicio era sólo hasta las tres…
- Pero tú te quedaste de largo.
Nicolás Saiman sonrió.
- Es una larga historia -dijo-. Lo que pasa es que me encontré con un viejo amigo del colegio, que por una de ésas cosas del destino, era también uno de los mejores amigos de Álvaro Sosa. Me quedé porque él porque me invitó, jamás lo hubiera hecho si no me hubiera invitado.
Apagó su Hamilton a la mitad y prendió otro.
- ¿Qué fue lo que vio aquella noche?
- Para decirle eso -dijo Saiman, con una media sonrisa en el rostro-, tengo que pedirle que apague su máquina.
Nelson Aguirre apagó la grabadora.
- Resulta -dijo Saiman cruzando las piernas- que hay algunas cosas que no puedo permitir que sean grabadas… cosas personales, usted entiende.
Nelson Aguirre asintió.
- Verá -empezó Saiman-, mi padre y yo siempre nos hemos llevado mal… él está empecinado en que me case con una chica de la colonia y… - Nicolás Saiman levantó las manos, las bajó- no entiende que yo, bueno, que a mí sólo me gusta divertirme. Así que decidí largarme de la casa y desde entonces no nos hemos hablado. Si esto saliera a la luz, simplemente me buscaría y me mataría… -Le dio un sorbo a su vaso de cerveza y se sirvió más- Yo sé que debo hablar con la policía y dar mi testimonio en el juicio pero… -negó con la cabeza-, para hacerlo tendría que decir ciertas cosas, y no pienso hacerlo… si lo hiciera, al día siguiente estaría en un avión hacia Israel…
- ¿Qué es lo que no puede decir?
Nicolás Saiman apagó el cigarrillo a la mitad y prendió otro.
- Nada más son cosas -dijo riéndose- que ellos, en su cuadriculado cerebro, no entenderían. No entenderían como alguien puede ser libre de hacer lo que quiera cuando quiera. Es el sentimiento de culpa judío, ¿entiendes?
Nelson Aguirre asintió.
- ¿Qué hicieron en la fiesta?
- Tomar, divertirnos, nada del otro mundo -Nicolás Saiman torció el brazo con el que sostenía su Hamilton-. No es policía, ¿o sí?
- Puedes hablar con confianza.
- Serían como las dos o tres de la mañana cuando dejé mi anticuada corbata de mozo y me dediqué a estar con mi amigo. Entonces la fiesta se había vuelto amarga y asfixiante. De haber podido me hubiera puesto una de ésas máscaras antigás de la primera guerra mundial. Afuera empezó a llover, por lo que todos se metieron a la sala. Mi amigo y yo nos divertíamos mucho turnándonos una papelina llena de cocaína brillante que él había traído. En determinado momento, unos paramédicos entraron y subieron por las escaleras con una camilla. En lugar de consternarnos aquello, a mi amigo y a mí nos produjo una terrible curiosidad…
- ¿No sabían que la dama de honor había aparecido desangrada en el baño?
- ¡Claro que no! Ningún invitado lo sabía. Supongo que habría rumores al respecto. Por ahí se vio a Patricia Bobadilla llorando, huellas de sangre que bajaban por las escaleras y que se perdían a la altura de la cocina. Pero nadie sabía exactamente qué había pasado. Los paramédicos nunca volvieron del segundo piso. A mi amigo se le ocurrió abordar al novio mientras discutía con alguien. Le preguntó qué había pasado. Álvaro le respondió que la dama de honor se había cortado las venas en el baño y que los paramédicos la habían bajado por las escaleras de servicio.
- ¿Ustedes cómo reaccionaron?
- Bueno, en parte nos asustamos y en parte nos reímos de la situación. Estábamos borrachos y nos habíamos reencontrado. Decidimos aprovechar la oportunidad para asaltar el bar, que estaba abandonado en el jardín. Por supuesto sólo había sobrado un poco de cerveza y algunos tragos. Aprovechando que estábamos afuera y nadie miraba, nos escondimos y yo prendí un troncho. Si algo he aprendido en la vida es que en medio de una buena borrachera siempre cae bien un tronchito. En fin. Estábamos haciendo eso cuando vimos a un tipo sin camisa. A primera vista a mí me pareció que se trataba más bien de un tipo en Éxtasis, porque tenía un par de ojeras enormes. Apenas pude me acerqué a él y le pregunté si necesitaba ayuda. Entenderás que me dio una pena terrible ver a alguien sin camisa, en plena lluvia, y encima dentro de una casa tan grande y con tantas comodidades como la de los Bobadilla. Así que le dije: “Oye, creo que necesitas entrar, de seguro Álvaro tiene aquí ropa y te puede prestar cualquier cosa”. Ni siquiera me preocupé en preguntarle por qué estaba sin camisa, tal vez porque yo estaba ebrio, o porque pensé que él también estaba ebrio, y simplemente se había caído de aquel árbol…
- ¿Del árbol?
- Sí, algo así me dijo. En fin. Entramos por la cocina. Aquel chico estaba tiritando. Nos enseñó unas escaleras de servicio que nunca antes había visto. Aquel lugar era una especie de depósito, así que cada tanto mi amigo y yo nos resbalábamos o nos chocábamos a oscuras. Una vez en el segundo piso tanteamos entre puerta y puerta hasta que llegamos a un cuarto que era el de los Bobadilla. En la cama, la señora Bobadilla dormía. Mi amigo y yo estábamos aterrados, pero el chico sin camisa parecía tomarlo todo con mucha tranquilidad. Aseguró, antes de entrar, que era sobrino de los Bobadilla y que no había ningún problema, porque había confianza. La cuestión es que nosotros le creímos, y él entró, y sacó de no sé donde un polo morado, viejísimo y desteñido que le quedaba demasiado grande. Después de eso bajó por las escaleras de servicio y desapareció.
- ¿Y ustedes qué hicieron?
- El troncho nos había dado mucho sueño, así que nos metimos como jugando a uno de ésos cuartos y nos encerramos con llave.
- Ya veo.
- Habremos estado ahí metidos no sé cuanto tiempo, cuando empezó a sonar muy fuerte aquella canción de The Cure. A mí siempre me ha gustado The Cure ¿sabes? Pero aquella canción le daba a todo un aire de película de terror. Sonaba por toda la casa, como yo estaba ebrio a mí todo me daba vueltas y vueltas. En ése momento me di cuenta que mi amigo ya no estaba. No me extrañó. Cuando salí de la habitación me dirigí al baño. Todo se veía azul y la luz de uno de los cuartos estaba prendida. Yo caminé por ahí como si nada. Ya le dije que estaba ebrio, y drogado, y apenas podía darme cuenta de lo que hacía. Cuando entré al baño me asusté porque todo estaba lleno de sangre. Al principio me pareció pintura roja, por la forma con la que la habían arrojado contra la pared y el techo. No pasó mucho tiempo hasta que me di cuenta que era sangre.
- ¿Qué canción era?
Nicolás Saiman le dio un buen sorbo a su vaso de cerveza.
- Creo que debe haber sido “Let´s go to bed”, por la cadencia de la guitarra y de la letra. Lo peor de todo es que esa canción a mí me encantaba cuando era más joven… -Nicolás Saiman asintió-. Sí, era como estar en una película de terror. Lo triste es que a quien yo interpretaba le pasaba algo terrible… o me moría carbonizado en un horno, o me cortaban en pedacitos con un hacha -negó con la cabeza-. Caminé hasta el cuarto que tenía la luz prendida, por si alguien podía ayudarme, fue cuando los vi. Estaba el chico al que encontré en el jardín, tenía una pistola grande y vieja, la sostenía pesadamente de una mano y parecía que el brazo le colgaba como un péndulo. Seguía con aquel polo morado, desteñido y roto, también estaban Rafaela Bobadilla y Luis Sosa. Los tres discutían por algo. Yo los quedé mirando largo rato desde la puerta. Patricia estaba echada en la cama. De pronto, el hecho de que sonara “Let´s go to bed” a todo volumen cobraba mucho sentido. Ella tenía las manos amarradas en la espalda y se había formado un charco de saliva a altura de sus labios…
- ¿Quién la mató?
Nicolás Saiman le dio otro sorbo a su vaso de cerveza. Se sirvió más. Apagó el cigarrillo, que se había consumido hasta la colilla, y prendió otro.
- ¿Cómo saberlo? Yo me fui antes de que sucediera todo. No resistí más el suspenso y me fui, ¿lo entiende? No sé quién mató al final a Patricia, no sé si Luis y Rafaela estaban realmente involucrados. Lo que sí es raro es haberlos visto ahí, en la misma habitación, y que no hayan hecho nada por impedir su asesinato. ¿Se da cuenta? Si tengo claro algo, es que los tres eran cómplices…
- Dígame -dijo Nelson Aguirre, luego de tomar lo último que quedaba de cerveza en su vaso-, ¿hay alguna posibilidad de que me contacte con su amigo?...
- Lo dudo -dijo Saiman, con una sonrisa-, mi amigo es una persona demasiado sensible. Lo conozco desde que era niño y sé que es incapaz de soportar los problemas que no puede controlar. La muerte de su amigo Álvaro Sosa le debe haber afectado. Yo mismo he tratado de comunicarme con él y me ha sido imposible. A estas alturas, ya debe estar en un avión rumbo a París o Nueva York…